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Mi duelo en la distancia

… Y no me dio tiempo de llegar. 

Tres semanas han pasado desde que mi madre murió y finalmente siento la necesidad de poner por escrito lo que mi mente y mi corazón sienten. No es tarea fácil pues a veces no siento nada, como si los días pasaran sin recordar que mi madre ya no está. ¿Es que acaso no me importa o no me duele?

Pero de pronto me lleno de recuerdos y en minutos siento como una ola de nostalgia me invade y el llanto no se hace esperar. Con alivio abrazo mi dolor y sonrío al darme cuenta que sí lamento lo ocurrido y reconozco que debo enfocar mi duelo de forma diferente porque me encuentro lejos. Es esta la realidad de todos los que vivimos en el extranjero dejando parientes y amigos en el país de origen. Yo no podía ser la excepción.

Resulta definitivamente más sencillo tratar a otras personas y ayudarlas a manejar su pérdida utilizando las herramientas adquiridas a través del estudio y la experiencia, sin embargo, aplicar esos recursos a mí misma ha sido una tarea laberíntica. De pronto me encontré con mi propia frustración, culpabilidad, incertidumbre y miedos, una maraña de sentimientos que se han presentado sin secuencia lógica, todos a la vez o por goteo, en la mañana y en la noche… de manera inesperada, intensa. También he tenido episodios de NADA. No me duele nada, no pienso en nada, no lloro nada. Es así como decidí ser una combinación de visceralidad y racionalidad y entonces escogí sufrir mi duelo con vehemencia mientras organizaba de forma lógica todo lo que iba sintiendo y los pasos a seguir para avanzar en cada etapa de este proceso.

De pronto me encontré con mi propia frustración, culpabilidad, incertidumbre y miedos, una maraña de sentimientos que se han presentado sin secuencia lógica, todos a la vez o por goteo, en la mañana y en la noche…

Por esta razón comencé a aceptar la etapas naturales de mi propio dolor, por ejemplo, lloro cuando veo una foto de mi madre o cuando recuerdo su olor. De igual forma, al estar calmada, procuro reconocer y darle nombre a cada emoción para asegurarme de que sigo el camino natural del duelo sin saltarme etapas ni ignorar sentimientos. Recuerdo que es preciso cerrar ciclos, algo muy personal, que cada quien maneja a su estilo. Para mí ciertos ritos religiosos resultan bálsamo para mi corazón, me ayudan a alcanzar la etapa de aceptación que promete calma después del dolor. Comparto con ustedes los pasos que he seguido durante las últimas tres semanas. No tengo ánimos de imponer reglas, sino de fomentar duelos sinceros y productivos, los cuales son tan difíciles de manejar cuando nos encontramos viviendo en el extranjero.

  • Reconocimiento de emociones propias inmediatas a la noticia. Para mí fue sumamente difícil aceptar que no llegaría a tiempo al entierro de mi madre, que todo ocurrió tan rápidamente que ni un adiós fue posible. Durante esos primeros momentos sentí culpa por no estar allí y por el tiempo que había “perdido” en el extranjero lejos de mi madre. Me sentí egoísta y a la vez víctima de las circunstancias. Me tomó tiempo y fuerza de voluntad el sentarme de frente a mis pensamientos lógicos y repetir el mantra que llevo conmigo desde que dejé mi tierra hace más de quince años. ESTOY DONDE TENGO QUE ESTAR. Y eso implica perderme de muchas cosas, algunas dolorosísimas, que requieren mi atención y aceptación.
  • Saciar la necesidad de cerrar ciclos. Uno de los problemas más grandes de vivir expatriado es no estar presentes en el entierro de seres queridos y esto genera una sensación de estar incompletos, la cual acarrea consecuencias severas cuando no se maneja de forma adecuada. Para ello, debemos tomar las riendas de nuestro duelo, muchas veces en medio de llanto y pesimismo, y planificar las actividades que servirán para despedir a ese pariente o amigo en la distancia. Cada quien enfoca su espiritualidad de forma particular y en base a ello se deben realizar ritos que nos permitan decir adiós. Como católica practicante me ayudó muchísimo orar, asistir a misa por el eterno descanso de mi mamita, sacrificio y reflexión. También el contacto con la naturaleza me ha ayudado enormemente. Sé de amigas queridas que han hecho reuniones con amigos de la localidad y han bebido y comido recordando la vida de ese ser que ya no está con nosotros. Reflexionar sobre lo que nos parece correcto y nos permite respirar profundo es clave para este paso.

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  • Negociar y aceptar. Esa negociación que se presenta cuando comenzamos a decirnos a nosotros mismos “está en un mejor lugar”, “descansó la pobre”, “no sufrió tanto”, todo eso es normal y debe formar parte de nuestro duelo. en consecuencia me invito a no sentirme culpable por pensar que fue lo mejor, sin olvidar, claro está, que la partida de mi madre implica un desarraigo que se ve profundizado por mi condición de inmigrante o expatriada. Momento de sentimientos confusos y ratos de claridad. Aceptación y valentía para digerir lo ocurrido, sin negarnos nada, aunque duela, ese ser tan amado murió y nuestras decisiones nos llevaron a estar lejos en ese momento. Mis decisiones no son malas, simplemente tienen sus puntos a favor y en contra característicos de todo lo que se hace en la vida.
  • No acelero el proceso. Vivo cada día de mi rutina con intensidad, escuchando a mis emociones. Soy más permisiva con mi descanso, tomo té y me siento junto a la ventana a disfrutar del sol y el paisaje. Lloro, me río, bailo y me visto de negro, es mi proceso, mío, solo mío, así que lo llevo a mi propio paso. Un gran número de psicólogos y especialistas en duelo indican que este proceso puede durar de dos a doce semanas dependiendo de cada persona. Muchas veces se puede prolongar hasta los seis meses. Me parece que como todo lo que tiene que ver con la salud física y emocional, debemos estar en sintonía con lo que mejor nos va y estar alertas frente a síntomas de depresión profunda, pérdida severa de peso y falta de sueño.

En otras palabras, me siento mas humana, ese contacto con mis emociones más crudas y en carne viva me enseñan que la vida se basa en decisiones, que muchas veces el camino es bien cuesta arriba, que el hogar se lleva en el corazón y en el de todos esos seres que amamos. Ya comienzo a vislumbrar mi próxima tarea: arraigarme de nuevo. No olvido que la muerte de un progenitor significa la pérdida de una de las columnas de apego de todo ser humano. Es por ello por lo que siento la necesidad de re-ajustar mis bases de arraigo para no perder por completo los cimientos de mi niñez.

Y ahora te llevo conmigo a donde quiera que voy… 

2 comentarios en “Mi duelo en la distancia”

  1. No te sientas culpable porque tus decisiones siempre han sido las correctas y todo lo que hace o permite Dios es para bien de los que aman al Señor. Solo tienes que abandonarte en Sus brazos como se abandona un bebé en brazos de su madre.

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  2. Un abrazo desde la distancia amiga, leerte me hace reflexionar muchísimo sobre el constante miedo que siento acerca de este tema, ya con tres años fuera de mi país no me ha tocado, pero es algo que inevitablemente tengo presente pueda pasar en el momento menos esperado. Como bien lo dices, estas donde tienes que estar, imagino lo duro que puede ser y lo diferente de un duelo en la distancia, pero confío en Dios que te siga dando la fortaleza para vivir este duelo en cada una de sus etapas. Un abrazo

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