¿Quién nos apagó la luz?

Hace unos días tuve el privilegio de conversar con un grupo de mujeres valientes, guerreras, de temple, que lo habían dejado todo para re inventarse lejos de su terruño. Al escucharlas me percaté que todas brillaban con luz propia: profesionales, artistas, deportistas, maestras, mamás, esposas, mujeres… cada una con sus propias virtudes e imperfecciones. Todas buscando la respuesta ante tanto desasosiego y ansiedad… Es que comenzar desde cero no es fácil… es que dejarlo todo atrás es una travesía para los fuertes de espíritu. Ellas me confiaron sus miedos y sus sueños, la tristeza sentida en lo más profundo del alma por la pérdida de lo familiar, de los lugares añorados y de los sabores recordados. Era como si alguien les hubiese apagado la veladora de la alegría de un solo soplido.

Recordé mis propios temores vividos hace años producto de dos cambios de país, de idioma y cultura. Esa falta de luz no es más que el luto que se lleva dentro por un cambio drástico en nuestras condiciones de vida. Es esa respuesta normal y saludable para expresar que sufrimos, que nos duele salir de nuestra zona de confort para mudarnos a un lugar distinto. De pronto nos volvimos seres inestables, con arranques de ira, melancolía y frustración, sin dormir, sin cabeza para nada… es que dejarlo todo atrás no es para los débiles del corazón…. Compartí con ellas mis experiencias que sirvieron de encendedor para prender esa llama que había existido en mi país y que ahora debía brillar en caminos distantes. Les dije que era necesario tomarnos un tiempo para llorar, para sentir cada emoción en su totalidad, porque los duelos no se apuran, no se esconden, no se amordazan. El luto migratorio es la manifestación de un proceso que nos arranca de raíz y nos desordena la voluntad, pero que no debe ser llevado a cuestas solo. Para recuperarnos y seguir adelante debemos establecernos un plan que nos permita sentir, crecer y aprender de lo vivido. Somos nosotros mismos los responsables de nuestra mejoría y debemos recurrir al apoyo de otras personas que compartan nuestras circunstancias y dilemas para salir adelante con aires de cambio.

… es que dejarlo todo atrás no es para los débiles del corazón. 

¿Qué hacer?

  • Reconoce tus sentimientos de dolor, esconderlos no te hará bien.
  • Acepta el proceso de luto de quienes te acompañan en esta travesía, pareja, hijos, padres.
  • Busca ayuda profesional cuando sientas que tu tristeza es tan profunda que interfiere con el desarrollo de tu vida diaria. Está bien esconderse debajo de una cobija por un tiempo y llorar el miedo al cambio, pero si con esto estamos descuidándonos a nosotros mismos y a los nuestros, quizás sea momento de pedir apoyo de quienes saben un poco más que nosotros.
  • Practica actividades que te permitan canalizar la frustración y que te hagan sentir relajada: deportes, escribir, manualidades, leer. Lo importante es conseguir expresar nuestras emociones de manera saludable sin descargar nuestro enojo con las personas que nos rodean.
  • Reúnete con grupos de personas que atraviesan por situaciones similares, o con aquellos quienes han vivido la misma experiencia y ya han superado el duelo migratorio. Compartir anécdotas te ayudará a no sentirte extraño, aislado y culpable. Utiliza la tecnología como aliado para estar en contacto con familiares en el país de origen y para establecer relaciones con personas en comunidades de tipo online. Hay que hablar, comunicarse.

Somos nosotros mismos los responsables de nuestra mejoría…

No olvidemos que aterrizar físicamente en nuestro nuevo hogar no significa que ya estamos listos para integrarnos a un nuevo conjunto de normas y tradiciones locales. La etapa de transición entre despedirnos de los nuestros y entrar al nuevo país puede extenderse por períodos largos, dependiendo de cada persona. Para algunos seis meses es un buen tiempo para comenzar a “pertenecer” a la cultura huésped e iluminar con las cualidades y habilidades propias la comunidad en la que viven. Recordemos pues, que debemos ser parte activa de nuestra adaptación y que nuestra felicidad no depende de la aceptación de otros, sino del esfuerzo que hagamos para ir del dicho al hecho, es decir, del “deseo” de estabilidad a llevar a cabo las acciones necesarias para establecernos en el país destino. Sí se puede.

 

 

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